Sunday Morning Service

Nuevo Video: El Sermón de la Mañana #31 – Los Pacificadores



Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

Mateo 5:9

Notas de sermón:

Este sermón lo tomé apoyándome en un sermón de Spurgeon. En los 4000 años de historia escrita, el mundo solo ha estado en paz un 7% del tiempo –286 años- 8000 tratados conocidos se han firmado y roto. Hace falta paz en este mundo. La palabra bíblica «paz» no significa sólo la ausencia de guerra, sino el gozo de todo bien.

Esta es la séptima Bienaventuranza. El número siete está rodeado siempre de un halo de misterio. Era el número que denotaba la perfección entre los hebreos, y parecería que el Salvador colocó al pacificador allí, como si casi se aproximara al hombre perfecto en Cristo Jesús. Aquel que quisiera alcanzar la bienaventuranza perfecta, en la medida que pudiera gozarse en la tierra, debería esforzarse por alcanzar esta séptima bendición, y convertirse en un pacificador.

Hay también un significado en la posición del texto, si toman en cuenta el contexto. El versículo que le precede habla de la bienaventuranza de “los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.” Es bueno que entendamos esto. Hemos de ser “primeramente puros, después pacíficos.” Nuestro carácter pacífico no ha de hacer nunca un pacto con el pecado, ni una alianza con lo malvado. Debemos poner nuestros rostros como pedernales contra todo lo que sea contrario a Dios y a Su santidad. Una vez que hayamos establecido eso en nuestras almas, podremos avanzar hacia el carácter pacífico para con los hombres.  La expresión “los que hacen la paz”, en griego eirenopoioi, significaría literalmente traducida: los obradores de paz, o hacedores de paz, los pacificadores. No aparece en ningún otro lugar de la Sagrada Escritura sino sólo aquí en Mt 5,9.  En la literatura rabínica, la expresión hebrea ‘oséh shalom’, el que hace la paz, aplica a los que se empeñan en reconciliar a las personas y a pacificar los espíritus. puede pensarse que se trata de lo que San Pablo llama “el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18), que prolonga la obra de reconciliación universal de Jesucristo, llevada a cabo con la sangre de su Cruz, en su Muerte, donde reconcilió todas las cosas (Ef 2, 14-18). Reconcilió a Dios con los hombres, a los hombres con Dios y a los hombres entre sí, derribando los muros de separación.

I.                    DESCRIBAMOS AL PACIFICADOR.

“Pacificadores” son los discípulos que se esfuerzan por evitar la controversia y conflictos.

 Ellos cambian las actitudes hostiles a las actitudes que buscan el mejor interés de todos.

Jesús lleva a cabo la obra pacificadora por misión del Padre. Es un enviado y ministro del Padre que desea hacer obra de paz por medio de Él: “Pues el Padre tuvo a bien hacer que habitara en él toda la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.” (Col 1, 19-20)

Como siervo sufriente, Jesús cumple la profecía de Isaías: “Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo”, (Isaías 53,5). Pablo dirá que “pacificó todas las cosas con la sangre de su Cruz”
Jesús nos pacificó con Dios: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5,1).

El pacificador, aunque es distinguido por su carácter, tiene la misma posición externa y la misma condición de otros hombres. En todas las relaciones de la vida se encuentra exactamente igual que los demás hombres.

Así, el pacificador es un ciudadano, y aunque es cristiano, recuerda que el cristianismo no requiere que renuncie a su ciudadanía, sino que la use para dignificarla para la gloria de Cristo. Por esto el pacificador, como ciudadano, ama la paz.

En la última cena, Jesús promete la paz a sus discípulos como una herencia que va a dejarles: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14, 27). Así como su Reino no es de este mundo, su paz tampoco es como la que el mundo llama así.

II.                  DECLARAR SU BIENAVENTURANZA.

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” Un triple reconocimiento está implicado.

Primero, es bienaventurado; esto es, Dios lo bendice, y yo sé que aquel a quien Dios bendice, es bendito; y aquel a quien Dios maldice, es maldito. Dios le bendice desde el más alto cielo. Dios le bendice a semejanza de Dios. Dios le bendice con las abundantes bendiciones que están atesoradas en Cristo.

Y mientas él es bendito de Dios, esa bendición es esparcida a través de su propia alma. Su conciencia da testimonio que como a los ojos de Dios, por medio del Espíritu Santo, ha buscado honrar a Cristo entre los hombres.

En segundo lugar, podrán observar que el texto no dice únicamente que es bienaventurado; sino que agrega que es uno de los hijos de Dios. Esto es por adopción y gracia; pero la pacificación es una dulce evidencia de la obra interna del Espíritu pacificador. Además, como un hijo de Dios, tiene una semejanza a su Padre que está en el cielo. Dios es pacífico, longánimo, y tierno, lleno de misericordia, piedad, y compasión. Así es este pacificador. Siendo a semejanza de Dios, lleva la imagen de su Padre. De esta manera da testimonio a los hombres de que es uno de los hijos de Dios.

Y todavía hay una tercera palabra de reconocimiento en el texto. “Serán llamados hijos de Dios.” No solamente lo son, sino que serán llamados así. Esto es, incluso sus enemigos los llamarán así. Incluso el mundo dirá: “¡Ah!, ese hombre es un hijo de Dios.” El  pacificador disfruta de la paz interior y la seguridad en las relaciones con Dios, con los demás y a sí mismo.

III.               PONER A TRABAJAR AL PACIFICADOR

Si usted quiere parecerse a Dios, debe ser un pacificador. Hay algo que a Dios le gusta y es  traer la reconciliación entre los hombres y Dios.

Ustedes tienen que hacer mucho trabajo, no lo dudo, en sus propios hogares y en sus propios círculos de conocidos. Vayan y háganlo. Recordarán bien aquel texto de Job: “¿Se comerá lo desabrido sin sal? ¿Habrá gusto en la clara del huevo?”, y por medio de esta frase Job quería que supiéramos que las cosas desabridas tienen que ser acompañadas de algo más, pues de lo contrario no serían agradables al paladar.

Ahora, nuestra religión es algo desabrido para los hombres: le tenemos que poner sal; y esta sal tiene que ser nuestra quietud y nuestra disposición de ser pacificadores. Entonces aquellos que hubieran evadido nuestra religión cuando estaba sola, dirán, al comprobar que va acompañada de sal: “esto es bueno”, y podrán encontrar un sabor grato en esta “clara del huevo.”

Jesús es claro que la prioridad de cada cristiano debe ser la pacificación, y cuando tal prioridad está presente pueden estar seguros de que son sus hijos.  Los oyentes de Jesús son los marginados de la sociedad y los distingue aquí al darles el nombre de “pacificador,” lo cual era reservado para el emperador romano. Estas pequeñas personas, estos pacificadores, son dignificados aquí por Jesús con membresía en la misma familia de Dios. Los hijos de Dios tienen el Espíritu que habita en ellos, “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios” (Rom. 8:14). Los hijos de Dios se les promete una resurrección para vida eterna, “porque tampoco pueden ya morir, pues son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección” (Lc. 20:36). Los hijos de Dios tienen acceso inmediato a Dios en oración, “Y porque sois hijos, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: ¡Abba! ¡Padre!” (Gál. 4:6). Entregue su vida al Señor ahora y Él le dará la Vida Eterna.

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