Sunday Morning Service

El Sermón de la Mañana #91 | EL BAUTISMO DE JESUS



Juan también dio testimonio y dijo: «Vi al Espíritu descender del cielo como paloma, y permanecer sobre él. 33 Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas que el Espíritu desciende, y que permanece sobre él, es el que bautiza con el Espíritu Santo.” 34 Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Juan 1:32-34

Notas de sermón:                                 

Juan el Bautista lleva predicando aproximadamente seis meses cuando Jesús, que ya tiene unos 30 años, va a buscarlo al río Jordán. Jesús no va a verlo para saber cómo está ni para preguntarle por los progresos de su obra. En realidad, va para pedirle que le bautice.

Como es natural, Juan no cree que deba hacerlo, por eso le dice: “Pero Juan se le oponía, diciendo: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» (Mateo 3:14). Él sabe que Jesús es el Hijo de Dios. Sin duda, su madre, Elisabeth, le ha contado que él saltó de alegría dentro de su vientre cuando María fue a verla estando embarazada de Jesús. Además, seguro que, con el tiempo, Juan se enteró de que un ángel había anunciado el nacimiento de Jesús y de que unos ángeles se les aparecieron a unos pastores la noche en que nació.

Juan sabe que el bautismo que realiza es para quienes se arrepienten de sus pecados, pero Jesús no ha cometido ninguno. A pesar de la reacción inicial de Juan, Jesús le insiste: “Jesús le respondió: «Por ahora, déjalo así, porque conviene que cumplamos toda justicia.» Entonces Juan aceptó.” (Mateo 3:15).

¿Por qué es apropiado que Jesús se bautice? Porque lo hace, no para demostrar que se ha arrepentido de sus pecados, sino para indicar que se presenta ante su Padre a fin de hacer Su voluntad (Hebreos10:5-7). Por eso, al entrar en el mundo, Cristo dijo:

«No quieres sacrificio y ofrenda,
pero me has dado un cuerpo.
No te agradan los holocaustos
ni las expiaciones por el pecado.
Entonces dije: “Mi Dios,
aquí estoy para hacer tu voluntad,
como está escrito de mí en el libro.”»

Hasta ahora, Jesús ha trabajado de carpintero, pero ha llegado el momento de que empiece la obra que su Padre celestial le mandó hacer en la Tierra. ¿Espera Juan que ocurra algo extraordinario cuando bautice a Jesús?

Pues bien, Juan cuenta más tarde: “Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas que el Espíritu desciende, y que permanece sobre él, es el que bautiza con el Espíritu Santo.”” (Juan 1:33). Así que Juan espera que el espíritu de Dios descienda sobre alguien a quien él bautice. Por lo tanto, cuando Jesús sale del agua, puede que a Juan no le sorprenda ver “el espíritu de Dios bajando como una paloma y viniendo sobre Jesús” (Mateo 3:16).

I.                     LA HUMILDAD DE JESUS “EL SIERVO”

Cristo no pidió que Juan fuera hasta donde él estaba para ser bautizado allí en el Mar de Galilea. ¡Cuán humilde fue el Rey de la gloria durante su encarnación! «No vino para ser servido, sino para servir» (Marcos 10:45). Porque ni siquiera el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.» Es importante hacer un análisis de ese momento, ya que se estaba esperando un Mesías o un hijo de Dios con un porte imponente, quizá un hombre que llamaría la atención de forma inmediata, por su apariencia. Sin embargo, Jesús no se presenta como un Mesías poderoso o triunfante o con un poder imponente. Jesús llega para cumplir el bautismo como una persona humilde, y que en obediencia a la voluntad de Dios como siervo cumple un mandato dado por Dios a otro hombre llamado Juan. Juan era el que estaba preparando el camino para la llegada de ese Mesías esperado, que era el mismo Jesús. Hay que notar la humildad que tenía Jesús al dirigirse donde estaba Juan, «Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán», es decir que Jesús no pidió que Juan se dirigiera a donde él estaba para ser bautizado. Dios muestra su inmenso poder, que viene a tomar lo que ha sido menospreciado por el mundo. Y de esa forma, demostrar que es a través de lo que todos despreciaron y echaron a un lado que Él va a manifestar su gloria y poder.

II.                   JESUS ES UNGIDO POR EL ESPIRITU.

Lo que ocurrió en esta ocasión es que el Espíritu Santo vino sobre él para ungirle para la misión que había venido a llevar a cabo. Recordemos que en los tiempos del Antiguo Testamento se ungía a los reyes y a los sacerdotes derramando aceite sobre sus cabezas, encomendándoles la función y el ministerio al que habrían de servir. Y podemos decir, que; al ser ungido, Jesús comenzó a ejercer públicamente como el Mesías prometido por las Escrituras. Esta es la interpretación que hace también el apóstol Pedro:

(Hch 10:37-38) «Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan; cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret…» Cuando Jesús sale del agua (cfr. Mc 1, 10-11), se oyen las palabras de satisfacción de Dios Padre, Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. 11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia. Y una paloma reposa sobre Él. Es en este momento en el que como Hombre recibe la “unción” reservada a los sacerdotes, a los reyes y a los profetas en Israel (cfr. Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Ibidem, pp. 49-50).

Pero Jesús no es ungido con aceite, sino con el Espíritu Santo, que en ese momento aparece en forma de una criatura pacífica. Jesús recibe la unción del Espíritu Santo en el momento del Bautismo; por eso es el Ungido, el Cristo, que habían esperado las personas piadosas de Israel. También nuestro bautismo tiene mucha importancia. Entramos a formar parte de la vida íntima de la Trinidad. Por medio de Jesucristo, de su muerte y resurrección, Dios Padre ha querido identificarnos como hijos suyos. Somos humanos como Jesús, y gracias a los méritos obtenidos por Él, hemos sido elevados a su misma categoría divina.

En la sangre de Cristo somos lavados y ungidos, con el Espíritu Santo, y adoptados por el Padre, que nos reconoce como hijos suyos. Jesús, al recibir el bautismo junto con la unción del Espíritu Santo, asume la dignidad de Rey y de sacerdote en Israel. Desde aquel momento, se le asigna una misión peculiar como Mesías, el Ungido de Dios.

III.                 TU ERES MI HIJO AMADO EN QUIEN TENGO COMPLACENCIA.

Jesús se presentó juntamente con los pecadores para ser bautizado, sin embargo, él no era un pecador, y esto es lo que vino a confirmar el Padre desde el cielo por medio de esta declaración.

También sirvió para proclamar el amor inefable y maravilloso que había existido entre el Padre y el Hijo por toda la eternidad.

El Padre revela el Hijo y da testimonio de Cristo como su Hijo, mientras que al mismo tiempo el Hijo revea al Padre. Nadie, efectivamente ‘conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo’ (Mt 11, 27). El Hijo, que ‘ha salido del Padre’, expresa y confirma la propia filiación en cuanto ‘revela al Padre’ ante el mundo. Y lo hace no sólo con las palabras del Evangelio, sino también con su vida, por el hecho de que El completamente ‘vive por el Padre’, y esto hasta el sacrificio de su vida en la cruz. En el Antiguo Testamento, la verdad sobre la estrecha relación entre la misión del Hijo y la venida del Espíritu Santo (que es también su ‘misión’) estaba escondida, aunque también, en cierto modo, ya anunciada. Un presagio particular son las palabras de Isaías, a las cuales Jesús hace referencia al inicio de su actividad mesiánica en Nazaret: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor’ (Lc 4,17-19; cfr. Is 61, 1-2). Esta verdad sobre el Mesías que viene en el poder del Espíritu Santo encuentra su confirmación durante el bautismo de Jesús en el Jordán, también al comienzo de su actividad mesiánica. Particularmente Juan que refiere las palabras del Bautista: ‘Yo he visto el Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre El. Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse sobre El, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo vi, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios’ (Juan 1: 32-34). Por consiguiente, Jesús es el Hijo de Dios, aquel que ‘ha salido del Padre y ha venido al mundo’ (Cfr. Jn 16, 28), para llevar el Espíritu Santo: ‘para bautizar en el Espíritu Santo’ (Cfr. Mc 1, 8), es decir, para instituir la nueva realidad de un nuevo nacimiento, por el poder de Dios, de los hijos de Adán manchados por el pecado. La venida del Hijo de Dios al mundo, su concepción humana y su nacimiento virginal se han cumplido por obra del Espíritu Santo. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha nacido de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, en su potencia.

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